viernes, 12 de diciembre de 2014

Leer Literatura nos hace mas Inteligentes y amables

     Gregory Currie, profesor de filosofía en la Universidad de Nottingham, declaró una vez a New York Times que es incorrecto decir que la literatura ayuda a las personas a mejorar, porque “hasta ahora no hay evidencias convincentes que las personas hayan mejorado moral o socialmente por haber leido Tolstoy u otros grandes libros”. 

     Pero, si hay tales evidencias! Raymond Mar, psicólogo en York University de Canadá, y Keith Oatley, profesor emérito en psicología cognitiva en la Universidad de Toronto, publicaron en 2006 y 2009 resultados de investigaciones que indican que, aquellos individuos que leen a menudo obras de ficción están mejor preparados para entender a otras personas, sentir mayor empatía y  más capacidad para entender los puntos de vista de otros.

     En 2010, otro estudio con jóvenes adolescentes, conducido por Mar, llegó a resultados similares. Mientras más historias habían leido, tenían más  agudeza y apertura mental para interpretar las intenciones de otras personas.

    “La lectura profunda”  – en oposición a la creciente lectura superficial que actualmente se hace por internet -  es un hábito en peligro de extinción, pero que debe preservarse tal como se procede con construcciones históricas y con reconocidas obras de arte. Su desaparición pondría en alto riesgo el desarrollo intelectual y emocional de las nuevas generaciones que hoy crecen con la web al lado; y también estaría en peligro la perpetuación de relevantes espresiones de nuestra cultura: las novelas, los poemas y otras obras literarias, que son muy apreciadas por lectores cuyos cerebros están entrenados para “vivirlas”.

     Investigaciones recientes en psicología cognitiva y neurología demuestran que la lectura profunda -  pausada, concentrada, que despierte la sensibilidad y penetrante en lo emocional y moral – es una experiencia única que va mucho más allá de una simple decodificación de palabras. En estricta verdad, no es imprescindible disponer de un libro convencional para leer, pero el sumergirse en el limitado ámbito de una página impresa conduce ineludiblemente a la experiencia de la lectura profunda.  Por ejemplo, la ausencia de hipervínculos en un libro libera al lector de tomar continuas decisiones – será que debo abrir este vínculo? – Liberado de esa distracción, el lector puede continuar inmerso en la narrativa.

     Esa inmersión se debe a la forma como el cerebro maneja el lenguaje cuando es rico en detalles, alusiones y metáforas: surge la representación mental, y ésta dibuja en el mismo cerebro acciones y lugares tan activos como si estuviesen ocurriendo realmente en ese instante. “Vivir” las situaciones emocionales y dilemas morales, que es la esencia misma de la literatura, son ejercicios vigorosos para el cerebro. Los estudios indican que eso de zambullirse en la mente de personajes ficticios ayuda a ser más empático en la vida real.

      Nada de eso ocurre cuando la persona se dedica a “navegar” por páginas web. Aunque a esta actividad se le conozca como leer, la lectura profunda y la lectura de información (dirigida vía internet) son muy diferentes, tanto en la experiencia que se vive como en las habilidades desarrolladas. Cada vez hay más pruebas que la lectura en pantalla puede ser menos cautivante  y menos satisfactoria, incluso para la “generación digital”. Hace poco el instituto Britain’s National Literacy Trust (algo así como “Centro Nacional de Alfabetismo Británico” ), dio a conocer los resultados de un estudio con 34,910 jóvenes entre 8 y 16 años.  Entre ellos, el 39% lee diariamente con equipos electrónicos, sólo 28% lee diariamente material impreso.  Los que leen en linea son tres veces menos propensos a disfrutar de la lectura y casi dos veces menos propensos a ser lectores dentro del promedio, en comparación con aquellos que leen libros diariamente.

     Para entender la preocupación por la gente joven, si leen o no, es conveniente conocer la manera como se desarrolla la habilidad para leer. “Los seres humanos no nacen con la capacidad cerebral para leer”, destaca Maryanne Wolf, directora del Centro de Investigación de Lectura y Lenguaje en Tufts University. A diferencia de la habilidad para entender y producir lenguaje oral, que bajo circunstancias normales está programado en nuestra estructura genética, la habilidad para leer es un desarrollo muy laborioso y difícil. Los “circuitos para lectura” se originan en estructuras del cerebro designadas para distintos propósitos – y estos circuitos pueden resultar endebles o robustos, dependiendo de cuan frecuente y cuan vigorosamente se usen.

     El lector profundo, libre de distracciones y en sintonía con los matices del lenguaje, queda como en un trance hipnótico durante la lectura, de acuerdo a lo descrito por el psicólogo Victor Nell. Ha encontrado que los lectores habituales cuando están disfrutando su experiencia al máximo, bajan el ritmo de su lectura. Aunque difícil de describir, hay en esos momentos una combinación de una decodificación de palabras rápida y fluida con un progreso en la página de forma  pausada y sin prisa que permite al lector enriquecer su lectura con análisis y reflexiones de su propia mente y de opiniones escuchadas a otros. Siente una fuerte conexión que le une al autor, de  manera parecida a la intensidad  en la conversación de una pareja enamorada.

      Esa no es la forma de leer como la practican la mayoría de los jóvenes hoy día. Su lectura es pragmática e instrumental. Al decir del crítico literario Frank Kermode hay  “lectura carnal” y “lectura espiritual”.  “Si permitimos a nuestros jóvenes creer que lo único es lectura carnal – si no abrimos la puerta a la lectura espiritual mediante la insistencia en la disciplina y la práctica – le habremos impedido disfrutar de una muy agradable y enaltecedora experiencia, restándole así la oportunidad de ser personas mejor preparadas. Necesitamos mas bien, mostrarle otros mundos donde jamás han estado, lugares a los que sólo podrán llegar con la lectura espiritual”

      Hasta pronto!!

This article is from the Brilliant Report, a weekly newsletter written by Murphy Paul